«Mi cuerpo es una pequeña barca azul que navega por el océano de la vida. YO, soy el capitán solitario que manda izar las velas. Y mi alma es el viento que hace que se muevan buscando su destino.»
Siento el vivir como aquel explorador que se lanza a la mar sin rumbo fijo, dispuesto a entregarse a la deriva de las mareas que salen a su encuentro.
Vivir así es, al mismo tiempo, apasionante y frustrante.
La pasión aparece cuando surcas rumbos con los que soñabas. Cuando las causalidades toman forma. Cuando determinados encuentros, momentos o decisiones te muestran con claridad por dónde seguir.
Entonces todo parece encajar.
Las velas se tensan.
El viento sopla a favor.
Y durante un instante tienes la sensación de estar exactamente donde debes estar.
La frustración, sin embargo, es más traicionera.
Se adhiere a ti casi sin darte cuenta.
Empiezas a preguntarte por qué no te quedaste en tierra firme. Por qué no elegiste el camino de la seguridad. Aquel que confundías con la tranquilidad y que ahora, desde la distancia, parece más sencillo que el de la incertidumbre.
Son momentos difíciles.
Uno se aferra al pasado y cuestiona el presente.
Duda de las decisiones tomadas.
Duda de sí mismo.
Pero es precisamente ahí donde el marinero experimentado vuelve a confiar en lo aprendido.
Sabe que ninguna tormenta es eterna.
Sabe que los vientos cambian.
Sabe que tarde o temprano volverá a encontrar el rumbo.
Y, sobre todo, sabe que los momentos de vida presente regresarán para recordarle por qué decidió embarcarse.
Porque no siempre navegamos para llegar a algún lugar.
A veces navegamos simplemente para descubrir quiénes somos mientras avanzamos.

