Muchas veces, por desgracia, se utiliza el concepto de «niño sensible» de forma peyorativa. Sin embargo, los niños son sensibles porque su vida se construye a partir de momentos, instantes, sentimientos, sensaciones. Viven en el PRESENTE ABSOLUTO.

Cuando se vive así, que se caiga un helado, que explote un globo o que un vaso sea azul en lugar de rojo puede convertirse en un auténtico drama. Una catástrofe infinita. Un dolor inmenso que, sin embargo, termina cuando aparece un nuevo impulso, una nueva emoción o una nueva experiencia capaz de ocupar ese presente con más intensidad que la anterior.

Yo era un niño sensible.
Igual que tú lo eras.
El mundo me dijo que no podía serlo.
Igual que a ti te dijeron que no debías serlo.
La vida me susurraba lo que sentía.
¿A ti también te susurraba?

Los hombres de hoy tenemos una obligación moral: abrir camino. Seguir avanzando hasta convertirnos en la generación que cambie para siempre el significado de lo que supone «ser un hombre de verdad».

Los que nacimos y crecimos en los años 80 y 90 carecemos, en muchos casos, de referentes emocionales estables. De manera consciente o inconsciente, hemos crecido sin ejemplos reales que nos enseñaran a expresarnos, a hablar de lo que sentimos o de lo que vivimos.

Nos faltaron personas que nos ayudaran a poner nombre a las cosas. A los miedos. A la tristeza. A la alegría. A la vergüenza. A la frustración.

Nos faltaron referentes que nos enseñaran a gestionar esos huracanes emocionales que pueden estallar en cuestión de segundos y, sin embargo, dejarnos una huella para toda la vida.

Poner nombre a las emociones no las hace desaparecer, pero sí nos permite comprenderlas. Mirarlas de frente. Compartirlas sin miedo, sin prejuicios y sin arrogancia.

Quizá el bienestar emocional consista precisamente en eso: aprender a vivir en paz con uno mismo y permitir que los demás también vivan en paz.

Sin necesidad de medallas ni galardones.

Con humildad.

Con empatía.

Y, como los verdaderos payasos, avanzando de fracaso en fracaso sin perder nunca el entusiasmo.

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