A menudo, los gurús de la crianza y esas páginas donde la maternidad y la paternidad siempre son brillantes, maravillosas y fantásticas (spoiler: no lo son), hablan de cómo enseñar a nuestros hijos e hijas a tener paciencia.

Y la verdad es que siempre me llama la atención.

Porque, desde mi punto de vista, los que demuestran una paciencia infinita son ellos.

Incluso me atrevería a decir que entiendo muchas de sus rabietas, sus enfados y sus pataletas.

Tiene que ser agotador.

Agotador vivir en el presente absoluto.

Agotador sentir una necesidad irrefrenable de explorar el mundo.

Agotador que el impulso por jugar, descubrir y disfrutar sea tan grande que ocupe casi todo tu ser.

Agotador pensar únicamente en aquello que necesitas o deseas en este preciso instante para ser feliz.

Y, aun así, tener al lado a alguien que constantemente te recuerda que no eres la única persona del mundo.

Alguien que te habla de horarios, de normas y de responsabilidades.

Alguien que te transmite sus miedos y preocupaciones.

Alguien que te pide que pienses en un futuro que tu cerebro todavía no es capaz de comprender.

Tiene que ser realmente agotador.

Por eso, a veces, cuando observo a mis hijos o a otros niños enfadarse porque tienen que esperar cinco minutos más, marcharse del parque o renunciar a algo que desean en ese momento, no puedo evitar pensar que quizá están haciendo un esfuerzo mucho mayor del que los adultos solemos reconocer.

Porque, pese a todo, la mayoría de las veces vuelven a levantarse al minuto siguiente.

Olvidan el enfado.

Olvidan la frustración.

Olvidan la injusticia que sentían hace apenas un instante.

Y regresan a lo que mejor saben hacer.

Jugar.

Reír.

Explorar.

Disfrutar.

En definitiva, volver a dedicarse a esa tarea tan sencilla y tan difícil a la vez: ser felices.

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